Hoy me han hecho una entrevista en Radio Andorra, y dos de las preguntas de los locutores han llamado mi atención. La primera era algo parecido a esto ¿qué se puede hacer cuando se piensa que el mundo se acabará en una fecha determinada y no muy lejana? Y la segunda ¿cómo hubieran podido los mayas predecir fenómenos astrales, y sus posibles consecuencias, que iban a suceder más de mil años después? Todo ello relacionado, como es natural, con las famosas "profecías" sobre el año 2012. La primera cuestión tiene una respuesta complicada, porque los mayas elaboraron una teoría evolutiva de tipo catastrofista (evidente en el Popol Vuh, por ejemplo) que mezclaba seguramente observaciones astronómicas con ideas religiosas, místicas y hasta morales. ¿Qué mejor cosa que una renovación periódica conducente a la mayor perfección de la humanidad? Nadie puede temer un fin del mundo que aproxima la felicidad a las gentes, felicidad basada en la conciliación de los intereses de los hombres con los del cosmos y los dioses.
La segunda cuestión tiene que ver con la reiteración de los acontecimientos celestiales, que son, por ello, predecibles, y que los mayas amalgamaban con su propia interpretación de la naturaleza y el destino del universo, basada, qué duda cabe, en la experiencia de la selva y en el modelo social vigente, con mucha imaginación y unos gramos de fantasía. Lo hermoso de toda esta filosofía, que incluía derramamiento ritual de sangre y otras prácticas crueles, es que daba esperanza a las personas, confianza y seguridad, y, pienso yo, un inmenso amor por la vida.
jueves, 11 de febrero de 2010
domingo, 17 de enero de 2010
DE QUÉ Y POR QUÉ ESCRIBÍAN LOS MAYAS
Llegan a mis manos algunos libros recientes de investigadores norteamericanos, sobre todo de S. Houston, siempre preocupado de buscar los ángulos inéditos y sorprendentes (uno de los libros trata sobre el color, por ejemplo). Me gusta mucho que los estadounidenses, y afines, publiquen abundantemente y bien, y, aunque algunas malas lenguas dicen que publican lo mismo una y otra vez, y que lo hacen porque les obliga su sistema universitario y de investigación, el caso es que tenemos a menudo interesantes monografías y síntesis a las que echar un ojo. Son gente volcada en su profesión, tal vez demasiado especializada y poco atenta o curiosa por el mundo alrededor, pero eficaz. Por eso me inquieta que, luego de medio siglo desde que empezó de verdad y por el buen camino el desciframiento de los jeroglíficos, todavía haya tantas lagunas, tantos signos sin leer o traducir con seguridad, basta con decir que aún no sabemos como se llamaba el dios L y que dudamos sobre el dios E. En efecto, los mayas apenas escribían de otra cosa que de religión, y su panteón y su mitología son en buena medida un misterio en el que penetran esporádicos rayos de luz. El importantísimo Bolon Yokté, el enigmático patrono del mes Pax, se resisten a la investigación, y no digamos mitos como el de la doncella y el dios N. Los mayas escribieron para fortalecer su comunicación con las fuerzas sobrenaturales y para subrayar y difundir el papel que los gobernantes jugaban en ella. No fueron como los fenicios o los cretenses, más interesados por los asuntos económicos. ¡Y falta tanto por alcanzar la comprensión de su ideología religiosa! Ahí es donde los epigrafistas deben lograr éxitos contundentes, y no sólo descifrando, sino, sobre todo, interpretando.
miércoles, 9 de diciembre de 2009
LOS MAYAS Y LA MÚSICA
Hay muchos enigmas pendientes de solución en el estudio de la civilización maya. La música plantea uno de los más curiosos. Conocemos decenas de representaciones de músicos, en los relieves, en las pinturas murales o en los vasos pintados, a veces verdaderas orquestas, lo que significa que debían ser muy raras las ceremonias que carecían de su acompañamiento musical. Es lógico en una cultura barroca, habitante de un bosque tropical repleto de sonidos. Por desgracia ignoramos las melodías, aunque podemos imaginar cómo se escucharían instrumentos como trompetas de cerámica, resonadores, flautas, ocarinas, pitos, tambores, sonajas y otros por el estilo. Muchos de esos objetos se han hallado en las excavaciones arqueológicas. Y aquí está el enigma: hasta donde llega mi conocimiento, nunca se ha visto representado en el magnífico arte maya un instrumento de cuerda, lo que resulta sorprendente en un medio en el que abundan las fibras, las lianas, la cordelería, incluso las tripas de animales sacrificados o consumidos. La selva sugiere constantemente sonidos de vibración y multitud de cajas de resonancia ¿por qué los mayas no apreciaron esa posibilidad musical, como hicieron otros muchos pueblos?
lunes, 26 de octubre de 2009
Congresos, congresazos y congresillos
Me pregunto muchas veces si vale la pena asistir a la mayoría de los congresos que se anuncian. Suele ocurrir que lo mejor de un congreso sea el turismo que se puede hacer en la bonita ciudad donde se celebre, o bien volver a ver a buenos amigos y colegas con los que es difícil reunirse. Hay congresos enormes, como el Internacional de Americanistas, del que poca sustancia científica puede sacarse, a no ser que uno sea un digno descendiente de aquellos polígrafos de hace cincuenta años que tocaban todos los palos y aparentemente sabían lo mismo de etnohistoria zapoteca que de arqueología de la Patagonia. Hay congresos en los que todas las ponencias y comunicaciones son bienvenidas, con lo cual se debe uno preparar para oír naderías, propuestas aburridísimas y alardes de rancia erudición. Y hay congresos en los cuales los organizadores seleccionan a los participantes, que son por lo general amigos con los que se intercambia el favor, y ahora te invito yo con los gastos pagados y mañana me invitas tú con parecidas ventajas, y yo te publico tus cosas -que a veces se repiten hasta la saciedad en toda tribuna pública a la que puedan acceder- y luego tu me publicas las mías. Finalmente, hay congresos en los que se trabaja de verdad durante tres o cuatro días, en asuntos concretos, que necesitan revisión o resolución, y con verdaderos especialistas que tienen algo original e interesante que decir.
En todo caso, yo diría que los congresos en general empiezan a estar pasados de moda. En la era de Internet el intercambio de ideas y opiniones puede producirse velozmente desde la propia mesa de trabajo, y las publicaciones son electrónicas. Nuestro campo de investigación perderá tal vez algo de romanticismo, y quedará en un segundo plano el personalismo que relacionaba de inmediato las hipótesis con el rostro de su enunciador, y hasta con su talante y humor, pero habrá un claro ahorro de dinero que puede destinarse a becas, viajes y proyectos.
En todo caso, yo diría que los congresos en general empiezan a estar pasados de moda. En la era de Internet el intercambio de ideas y opiniones puede producirse velozmente desde la propia mesa de trabajo, y las publicaciones son electrónicas. Nuestro campo de investigación perderá tal vez algo de romanticismo, y quedará en un segundo plano el personalismo que relacionaba de inmediato las hipótesis con el rostro de su enunciador, y hasta con su talante y humor, pero habrá un claro ahorro de dinero que puede destinarse a becas, viajes y proyectos.
domingo, 6 de septiembre de 2009
Zonas arqueológicas y otros pecados
Recuerdo muy bien que cuando terminé los trabajos en Oxkintok fueron a visitar el sitio varios altos funcionarios del INAH, sobre todo miembros del Consejo de Arqueología (así se llamaba entonces, hacia 1991, la institución que dispensaba los permisos de excavación y velaba por el rigor de los proyectos, ignoro si todavía conserva ese nombre); algunos de ellos mostraron un cierto escándalo por el hecho de que yo había seleccionado para la excavación y restauración unos sectores determinados de cada grupo explorado, en lugar de haber emprendido la liberación y rehabilitación de los conjuntos enteros. Esto último, decían, hubiera facilitado la visita de los turistas, quienes deseaban ver las ciudades antiguas más o menos como habían sido en el pasado, pirámides completas, palacios enteros, barrios llenos de todo. Las excavaciones arqueológicas en algunos países se supeditan en cierta medida a la posterior explotación del lugar como reclamo turístico. Nada que objetar a un beneficio para el país y para los habitantes de la localidad, pero resulta que en ocasiones se fuerza el procedimiento, se dejan de lado los intereses científicos, si es que verdaderamente existen en los proyectos, y se inventan o medio inventan edificios y rincones urbanos. La prisa, y la modestía de medios económicos, también juegan su papel, y a veces lo que hay al final es una suerte de pastiche difícil de justificar a la luz de la arqueología; consecuencia de aquellos objetivos es también la adaptación de las ciudades a los espectáculos para turistas, el más desastroso de los cuales es el de luz y sonido, horrible invento que destruye y llena de cables, focos, sillas y artilugios diversos los mejores sectores de muchos hermosos sitios.
viernes, 10 de julio de 2009
La buena divulgación
En arqueología maya, como en cualquier otro campo de estudio, se necesita la divulgación. Primero, porque es muy conveniente crear un ambiente de interés general, que facilitará, teóricamente, que se multipliquen la oportunidades de trabajo e investigación; segundo, porque el dinero que gastamos los profesionales debe de volver a los contribuyentes como información instructiva y que satisfaga sus ansias de cultura y su curiosidad. Pero hay buena y mala divulgación, como hay buena y mala investigación. La divulgación científica no es exactamente periodismo, por ello no conviene el sensacionalismo, los apresuramientos, ni el ¡qué más da!
Viene esto a cuento porque me ha llegado un suplemento de Historia National Geographic dedicado a los mayas: muy interesantes textos, excelentes fotografías -como siempre en esta casa- pero algunos fallos de redacción que podrían, con muy poco esfuerzo, haberse evitado. Hay, por ejemplo, contradicciones de unas páginas a otras en cuanto a fechas o a la población que hubo en determinadas ciudades. Los traductores de textos del inglés al castellano deben poner atención, y someter sus versiones a especialistas para que corrijan algún gazapo involuntario. En todo caso, la labor que hace National Geographic por la buena divulgación respecto a la antigüedad americana es muy encomiable. Fruto, posiblemente, de una tradición anglosajona de la que deberíamos aprender mucho en España.
Viene esto a cuento porque me ha llegado un suplemento de Historia National Geographic dedicado a los mayas: muy interesantes textos, excelentes fotografías -como siempre en esta casa- pero algunos fallos de redacción que podrían, con muy poco esfuerzo, haberse evitado. Hay, por ejemplo, contradicciones de unas páginas a otras en cuanto a fechas o a la población que hubo en determinadas ciudades. Los traductores de textos del inglés al castellano deben poner atención, y someter sus versiones a especialistas para que corrijan algún gazapo involuntario. En todo caso, la labor que hace National Geographic por la buena divulgación respecto a la antigüedad americana es muy encomiable. Fruto, posiblemente, de una tradición anglosajona de la que deberíamos aprender mucho en España.
martes, 16 de junio de 2009
Sólo dos palabras aún
En las catedrales medievales europeas no sólo se llevaban a cabo actos de la liturgia cristiana. Se compraba y se vendía, había reuniones con fines variados, se refugiaba la gente perseguida, algunos dormitaban tendidos por ahí. En fin, nadie confundiría una catedral con un mercado o con una plaza pública. Ciertamente, pudo haber enfrentamientos de juego de pelota exclusivamente deportivos, en alguna rara ocasión, fuera de las fechas especiales, no lo sé, nadie lo sabe con certeza para el período Clásico, porque no hay datos arqueológicos al respecto, pero únicamente en el Postclásico Tardío tenemos alguna escasa información de apuestas o contiendas no religiosas. Los códices mexicanos contienen representaciones de juegos de pelota, nunca lúdicos, siempre religiosos. Los marcadores, las esculturas relacionadas, las pinturas, los jeroglíficos, todo indica que el juego era un rito cosmológico en el que con frecuencia participaban incluso los reyes. Y además está el Popol Vuh donde se describe con detalle la simbología. Y si miramos los relieves de El Tajín o de Chichén Itzá, y otros, es indudable que en algunos casos el rito atlético terminaba con sacrificios humanos.
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