¿Qué se dicen los mayas de esta vasija?

¿Qué se dicen los mayas de esta vasija?

viernes, 16 de abril de 2010

Idiomas, conocimiento y comunicación

Todo el mundo coincide en reconocer que hoy el inglés es el idioma franco que deben usar los políticos, los periodistas y los científicos. Tal vez también los turistas y aquellos que hacen negocios con viajeros y veraneantes. Los arqueólogos sabían el alemán hasta los años setenta del pasado siglo, algunos incluso el francés, que por entonces se enseñaba en los colegios. Ahora se debe publicar en inglés, y si uno se dedica a Mesoamérica mucho más todavía. Los norteamericanos, que dominan el campo de la arqueología mesoamericana, no suelen entender el español, y no leen lo que se publica en esa lengua. ¿Es justa tal situación, sobre todo si se tiene en cuenta que el español es el idioma de los países donde se asentaron las culturas precolombinas objeto de estudio? ¡Que aprendan inglés! dicen los del norte, pero tal propósito loable no es tan fácil, las condiciones educativas y políticas de estos países no permiten en la actualidad hacer de la enseñanza bilingüe una realidad inmediata, tampoco en España, donde el mismísimo presidente del Gobierno no ha logrado, desde que llegó al poder hace años, entenderse en inglés con ningún colega europeo o de otro continente. Dada esta situación, los anglosajones que trabajan en lugares como México o Guatemala deberían tener más en cuenta el trabajo, publicado en español, de los estudiosos locales, y citarlo más a menudo cuando sea relevante. Es indudable que con frecuencia nadie conoce esa arqueología mejor que ellos,

jueves, 18 de marzo de 2010

LOS MAYAS Y LAS CATÁSTROFES

Un amable locutor de Radio Caracol me llama desde Colombia para preguntarme por los estudios que los antiguos mayas pudieron haber realizado sobre catástrofes naturales, muy especialmente terremotos. Seguramente, los movimientos sísmicos recientes en los extremos del continente sudamericano hicieron pensar a más de uno que tales fenómenos serían el preludio de mayores cataclismos. Lo cierto, como ya he indicado en otras ocasiones, es que los mayas no dejaron, que yo sepa, ningún texto en el que se mencionaran catástrofes concretas asociadas al final del gran ciclo de 13 baktunes, en nuestro año cristiano 2012. Los mayas eran excelentes astrónomos, llevaban siglos observando el cielo cuando plantearon su complicado calendario. Pero era una astronomía arcaica, mezcla de hechos científicos y creencias mitológicas, cuyos logros prácticos más notorios fueron la ordenación de las tareas agrícolas y la fijación de las ceremonias religiosas y políticas, además de servir para la planificación de las ciudades y de los edificios. En las Tierras Bajas mayas no se sienten los terremotos, que llegan tan amortiguados como las erupciones de los volcanes de las serranías, pero sí se sufren los huracanes. No obstante, las referencias a tan violentas manifestaciones son casi inexistentes, y lo que hay tiene fecha ya colonial. Quedan muchas inscripciones por descifrar, y, desde luego, muchas por descubrir, pero me parece que no eran esas las principales preocupaciones de los reyes y los sacerdotes clásicos, más interesados por asuntos políticos particulares y por la construcción mitológica de la realidad.

jueves, 11 de febrero de 2010

¿QUÉ QUERÍAN DECIR LOS MAYAS?

Hoy me han hecho una entrevista en Radio Andorra, y dos de las preguntas de los locutores han llamado mi atención. La primera era algo parecido a esto ¿qué se puede hacer cuando se piensa que el mundo se acabará en una fecha determinada y no muy lejana? Y la segunda ¿cómo hubieran podido los mayas predecir fenómenos astrales, y sus posibles consecuencias, que iban a suceder más de mil años después? Todo ello relacionado, como es natural, con las famosas "profecías" sobre el año 2012. La primera cuestión tiene una respuesta complicada, porque los mayas elaboraron una teoría evolutiva de tipo catastrofista (evidente en el Popol Vuh, por ejemplo) que mezclaba seguramente observaciones astronómicas con ideas religiosas, místicas y hasta morales. ¿Qué mejor cosa que una renovación periódica conducente a la mayor perfección de la humanidad? Nadie puede temer un fin del mundo que aproxima la felicidad a las gentes, felicidad basada en la conciliación de los intereses de los hombres con los del cosmos y los dioses.
La segunda cuestión tiene que ver con la reiteración de los acontecimientos celestiales, que son, por ello, predecibles, y que los mayas amalgamaban con su propia interpretación de la naturaleza y el destino del universo, basada, qué duda cabe, en la experiencia de la selva y en el modelo social vigente, con mucha imaginación y unos gramos de fantasía. Lo hermoso de toda esta filosofía, que incluía derramamiento ritual de sangre y otras prácticas crueles, es que daba esperanza a las personas, confianza y seguridad, y, pienso yo, un inmenso amor por la vida.

domingo, 17 de enero de 2010

DE QUÉ Y POR QUÉ ESCRIBÍAN LOS MAYAS

Llegan a mis manos algunos libros recientes de investigadores norteamericanos, sobre todo de S. Houston, siempre preocupado de buscar los ángulos inéditos y sorprendentes (uno de los libros trata sobre el color, por ejemplo). Me gusta mucho que los estadounidenses, y afines, publiquen abundantemente y bien, y, aunque algunas malas lenguas dicen que publican lo mismo una y otra vez, y que lo hacen porque les obliga su sistema universitario y de investigación, el caso es que tenemos a menudo interesantes monografías y síntesis a las que echar un ojo. Son gente volcada en su profesión, tal vez demasiado especializada y poco atenta o curiosa por el mundo alrededor, pero eficaz. Por eso me inquieta que, luego de medio siglo desde que empezó de verdad y por el buen camino el desciframiento de los jeroglíficos, todavía haya tantas lagunas, tantos signos sin leer o traducir con seguridad, basta con decir que aún no sabemos como se llamaba el dios L y que dudamos sobre el dios E. En efecto, los mayas apenas escribían de otra cosa que de religión, y su panteón y su mitología son en buena medida un misterio en el que penetran esporádicos rayos de luz. El importantísimo Bolon Yokté, el enigmático patrono del mes Pax, se resisten a la investigación, y no digamos mitos como el de la doncella y el dios N. Los mayas escribieron para fortalecer su comunicación con las fuerzas sobrenaturales y para subrayar y difundir el papel que los gobernantes jugaban en ella. No fueron como los fenicios o los cretenses, más interesados por los asuntos económicos. ¡Y falta tanto por alcanzar la comprensión de su ideología religiosa! Ahí es donde los epigrafistas deben lograr éxitos contundentes, y no sólo descifrando, sino, sobre todo, interpretando.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

LOS MAYAS Y LA MÚSICA

Hay muchos enigmas pendientes de solución en el estudio de la civilización maya. La música plantea uno de los más curiosos. Conocemos decenas de representaciones de músicos, en los relieves, en las pinturas murales o en los vasos pintados, a veces verdaderas orquestas, lo que significa que debían ser muy raras las ceremonias que carecían de su acompañamiento musical. Es lógico en una cultura barroca, habitante de un bosque tropical repleto de sonidos. Por desgracia ignoramos las melodías, aunque podemos imaginar cómo se escucharían instrumentos como trompetas de cerámica, resonadores, flautas, ocarinas, pitos, tambores, sonajas y otros por el estilo. Muchos de esos objetos se han hallado en las excavaciones arqueológicas. Y aquí está el enigma: hasta donde llega mi conocimiento, nunca se ha visto representado en el magnífico arte maya un instrumento de cuerda, lo que resulta sorprendente en un medio en el que abundan las fibras, las lianas, la cordelería, incluso las tripas de animales sacrificados o consumidos. La selva sugiere constantemente sonidos de vibración y multitud de cajas de resonancia ¿por qué los mayas no apreciaron esa posibilidad musical, como hicieron otros muchos pueblos?

lunes, 26 de octubre de 2009

Congresos, congresazos y congresillos

Me pregunto muchas veces si vale la pena asistir a la mayoría de los congresos que se anuncian. Suele ocurrir que lo mejor de un congreso sea el turismo que se puede hacer en la bonita ciudad donde se celebre, o bien volver a ver a buenos amigos y colegas con los que es difícil reunirse. Hay congresos enormes, como el Internacional de Americanistas, del que poca sustancia científica puede sacarse, a no ser que uno sea un digno descendiente de aquellos polígrafos de hace cincuenta años que tocaban todos los palos y aparentemente sabían lo mismo de etnohistoria zapoteca que de arqueología de la Patagonia. Hay congresos en los que todas las ponencias y comunicaciones son bienvenidas, con lo cual se debe uno preparar para oír naderías, propuestas aburridísimas y alardes de rancia erudición. Y hay congresos en los cuales los organizadores seleccionan a los participantes, que son por lo general amigos con los que se intercambia el favor, y ahora te invito yo con los gastos pagados y mañana me invitas tú con parecidas ventajas, y yo te publico tus cosas -que a veces se repiten hasta la saciedad en toda tribuna pública a la que puedan acceder- y luego tu me publicas las mías. Finalmente, hay congresos en los que se trabaja de verdad durante tres o cuatro días, en asuntos concretos, que necesitan revisión o resolución, y con verdaderos especialistas que tienen algo original e interesante que decir.
En todo caso, yo diría que los congresos en general empiezan a estar pasados de moda. En la era de Internet el intercambio de ideas y opiniones puede producirse velozmente desde la propia mesa de trabajo, y las publicaciones son electrónicas. Nuestro campo de investigación perderá tal vez algo de romanticismo, y quedará en un segundo plano el personalismo que relacionaba de inmediato las hipótesis con el rostro de su enunciador, y hasta con su talante y humor, pero habrá un claro ahorro de dinero que puede destinarse a becas, viajes y proyectos.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Zonas arqueológicas y otros pecados

Recuerdo muy bien que cuando terminé los trabajos en Oxkintok fueron a visitar el sitio varios altos funcionarios del INAH, sobre todo miembros del Consejo de Arqueología (así se llamaba entonces, hacia 1991, la institución que dispensaba los permisos de excavación y velaba por el rigor de los proyectos, ignoro si todavía conserva ese nombre); algunos de ellos mostraron un cierto escándalo por el hecho de que yo había seleccionado para la excavación y restauración unos sectores determinados de cada grupo explorado, en lugar de haber emprendido la liberación y rehabilitación de los conjuntos enteros. Esto último, decían, hubiera facilitado la visita de los turistas, quienes deseaban ver las ciudades antiguas más o menos como habían sido en el pasado, pirámides completas, palacios enteros, barrios llenos de todo. Las excavaciones arqueológicas en algunos países se supeditan en cierta medida a la posterior explotación del lugar como reclamo turístico. Nada que objetar a un beneficio para el país y para los habitantes de la localidad, pero resulta que en ocasiones se fuerza el procedimiento, se dejan de lado los intereses científicos, si es que verdaderamente existen en los proyectos, y se inventan o medio inventan edificios y rincones urbanos. La prisa, y la modestía de medios económicos, también juegan su papel, y a veces lo que hay al final es una suerte de pastiche difícil de justificar a la luz de la arqueología; consecuencia de aquellos objetivos es también la adaptación de las ciudades a los espectáculos para turistas, el más desastroso de los cuales es el de luz y sonido, horrible invento que destruye y llena de cables, focos, sillas y artilugios diversos los mejores sectores de muchos hermosos sitios.